Déjame que te cuente

Ya son más de 30 años desde que falleció Chabuca Granda y está claro que, aunque pasen otros 30 más, su recuerdo jamás se borrará de la mente de todos los peruanos.

En una primaveral noche de setiembre –día 3 de 1920 para ser exacto-, la recóndita ciudad de Cotabambas, en Apurímac, se vistió de “fina estampa” para ver nacer a María Isabel Granda Larco, nuestra recordada Chabuca Granda, una de las cantantes y compositoras peruanas más famosas de todos los tiempos. Una voz que acompañada de cuerdas de guitarra creó melodías, una voz emblemática que al unirse a otros talentos encantó a muchos, una voz que hoy evoca y relata su amor por una Lima señorial y elegante que le robó el corazón. Canciones como Puente de los Suspiros y Lima de veras sirven de prueba de aquel sentimiento descrito.

A sus trece años, inició su vocación musical en el coro de su colegio; poco después, empezó a cantar en la radio, en donde también animaba un programa. Su fama internacional fue precedida por la creación de diversos temas musicales: mezcla de tondero, vals criollo y ritmos afroperuanos. Quizá no fue muy comprendida en su época, pero se adelantó muchísimo. Dejó la tradición de lado sin afán de dejarla tan de lado, sino con la intención de buscar nuevos rumbos para la música criolla.

Justamente, fueron esos nuevos rumbos los que hicieron de ella una mestiza, una zamba, una chola y una criolla al mismo son. Chabuca nunca dudó en traicionar su origen de clase alta para mezclarse con el pueblo que tanto amaba, y aprender a inspirarse de él. Sus primeros valses Callecita escondida y Zaguán fueron himnos a una Lima popular ya por hoy perdida. Sin embargo, habría que esperar 1953 para que grabara el gran tema que la identificó más allá de nuestras fronteras: La flor de la canela.

La musa de esta composición fue una sencilla doméstica afroperuana, Victoria Angulo, cuyo garbo y salero fueron inmortalizados gracias a este tema. Este éxito fue tan rotundo que confirmó su arraigo en todas las capas de la sociedad peruana e incluso se volvió conocido internacionalmente como la canción símbolo de la peruanidad de aquel entonces.

“Mi razón no pide piedad, se dispone a partir; no me asusta la muerte ritual, solo dormir verme borrar. Una historia viva me recordará. Veo el campo, el fruto, la miel, y estas ganas de amar. No me puede el olvido vencer; hoy como ayer siempre llegar en el higo se puede de nuevo volver”, dice la letra de su canción Volveré. Y recordando un tributo a Chabuca al que alguna vez asistí, vuelve a mi mente la frase de cierre de aquel homenaje: “Mientras los jóvenes nos canten, estaremos vivos”, repetía el narrador.

Ella ha volteado una página en la historia de la música. Hoy, su obra es fuente inagotable de estudio para quienes seriamente quieren pasar por la música peruana. Ella transgredió muchas normas, la idea del “límite” le fue varias veces ajena, pues afinó con esmero su capacidad para retratar todo aquello que le llamaba la atención, desde un simple y ajeno zaguán hasta el íntimo afecto paterno, desde un Puente de los Suspiros hasta el asesinado poeta Javier Heraud, desde componer una Misa Criolla hasta inmortalizar en una canción al amor prohibido. Decía que no hacía folclor, sino que se dedicaba a la canción popular.

Hoy, rompiendo esquemas dominantes, guiados por una sensibilidad especial y una infrecuente intuición para la música, reconocemos el fino arte de una grande, cuyo recuerdo ha trascendido aquel 8 de marzo de 1983, en el que una falla cardíaca acabó con su vida, pero no con las ganas de seguir llevando el encanto y la coquetería de su música a los corazones de muchos.

Créditos: Infografía de MySlide.es
Alberto Pérez Fernández-Cabero
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Alberto Pérez Fernández-Cabero

Estudiante de Comunicaciones (ISIL) y de Administración y Negocios Internacionales (UPC). Proactivo, analítico, con iniciativa y gran capacidad de trabajo en equipo. Me gusta viajar.
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