Corazón de payaso

Carlos Criado tiene cincuenta y ocho años y ha dedicado más de la mitad de su vida a hacer reír a la gente: payaso de profesión y estúpido por naturaleza, convirtió los escenarios en su propio hogar.
Hace cien años, los circos visitaban muchas ciudades. Cuenta una leyenda que había un tipo simpático, medio vagabundo, bajito y chistoso llamado Augusto, técnico de uno de los circos más importantes de Roma. Llega el día de la función y Augusto está borracho, en el descanso ha tomado unas copitas de más. Incluso entre acto y acto agarra la botella de vino y sigue sirviéndose. El público lo nota y, de pronto, el león y sus rugidos dejan de ser el centro de atención.

Llegan sus compañeros para sacarlo del escenario, pero él se rehúsa, hace fuerza para quedarse hasta que: ¡bum, bom, pom! Todo se cae; absolutamente toda la estructura armada del escenario se cae. La gente estalla en risa, aplaudiendo la hazaña del intrépido payaso, mientras este es expulsado a patadas del lugar. Contándome esta entretenida anécdota sobre la estupidez total, comienza Carlos la entrevista.

  • Uno paga para: ¡ahhhhhhhh!
  • ¿Ahhhh?
  • Sí, para ¡ahhhhhhhh! Para explotar a carcajadas, para sacar cualquier cosa del interior ¡Para liberarnos!

Nuestro payaso tiene una barba prominente y unos ojos saltones que se abren más cuando trata de explicar algo con énfasis; llaman la atención su estatura media y rostro marcado por las arrugas que el pincel delinea de blanco y negro en cada espectáculo. Está usando un polo manga larga rojo, pantalón guinda y zapatos negros. Su ropa es tan llamativa como su personalidad. Cuelga en su cuello un cuarzo que está seguro lo protege de los demonios y los malos espíritus. Carlos nunca deja de sonreír y mucho menos deja de hacer reír a su público. La risa es su medicina, según nos cuenta.

La salvación antes que la tradición

Es el menor de cuatro hermanos y ‘nadie le daba bola’. Deprimido, se debatía entre constantes preguntas existenciales: no sabía para qué había nacido. Hasta que un día se dio cuenta que la gente se podía reír con sus ocurrencias, o como él prefiere llamarlas, sus ‘estupideces’.

Comenzó con su madre, la llevaba a la cocina y le contaba chistes. Verla sonreír era su impulso diario. En una reunión familiar decidió contar uno de su repertorio y todos explotaron de risa. Todas las miradas se posaron sobre él. “Ahí está (dijo), he nacido para hacer reír. He nacido para ser payaso”. Y tal vez también pensó que había nacido para que lo miren, mientras poco a poco alimentaba ese egocentrismo del que ahora está orgulloso.

  • ¿Qué sientes cada vez que te paras en un escenario?
  • Un placer tremendo. Un baño de ego terrible. Todos me miran y se ríen de cada cosa que hago.

Tuvo que romper con la tradición familiar de abogados y médicos. “Voy a estudiar Escenografía”, le dijo a su padre, y ese mismo día lo botaron de su casa. Entre lágrimas de tristeza y cólera, cogió sus pocas pertenencias y se fue.

Un empujoncito

El día de su primera función no podía con esa ansiedad que hoy está medicada. Estaba a punto de huir, pero el portero ya estaba advertido de la situación y lo cargó hasta la entrada y lo hizo ingresar de una patada al escenario. Así como botaron a Augusto, así como lo botó su padre cuando le dijo que perseguiría sus sueños, así como cada vez que alguien necesita un empujoncito para atreverse a algo.

Lo botaron al escenario porque pertenecía a ese lugar. Con una entrada bastante estrepitosa que el público inmediatamente aplaudió, la medicina que lo alimenta día a día y que lo hace recitar de vez en cuando, las primeras frases con las que se convirtió en un payaso de circo: Titina tiene una tontina…

Nació católico, fue evangélico, luego krishna, ateo y ahora agnóstico. Es un tipo místico que cree que hay una presencia divina en todo.

Indescifrable

A los 24 años tuvo un accidente con los zancos, y cómo no, borracho, se cayó violentamente al suelo. En medio de la algarabía no prestó atención, pero al llegar a su casa, y ya sobrio, se dio cuenta que se le había metido un clavo en la rodilla derecha. Se sacó el clavo y su rodilla no paró de hincharse. Después de la radiografía, el doctor le dijo que nunca más volvería a hacer circo. En la blanca sala de traumatología, sintió que su vida acababa. Y que aquel clavo que se le incrustó en la rodilla ahora se le incrustaba en el corazón.

Se deprimió. Estuvo viviendo un tiempo en la casa de una curandera que con remedios caseros le calmaba el dolor. Un buen día le dijo: Esta noche te van a operar los monjes tibetanos. Aceptó. Tiene en su cabeza grabado el momento en el que le hicieron un baño de florecimiento. Luego se quedó dormido y no recuerda más. Nunca vio a los monjes.

Despertó al día siguiente y era un día soleado. Se duchó, salió al comedor, desayunó y de pronto se dio cuenta que en el fondo de la habitación había dos personas mirándolo. La curandera y alguien de blanco que asegura era su ángel. Bajó su mano para tocar su rodilla y no tenía nada, ni una cicatriz, ni una venda. Y se remanga su pitillo guinda para mostrarme su rodilla, que efectivamente no tiene ni una señal de operación. De un día para otro los monjes, o su fe, o algo que ni Carlos puede explicar le devolvieron la flexibilidad de su rodilla, su circo y su vida.

“Pensarás que estoy loco”, me dice. Y continúa carcajeándose por algo que ni siquiera sé. Entonces creo que el loco soy yo, y que la risa es la única manera de ver la vida para Carlos, quien estoy seguro tiene un verdadero corazón de payaso.

Alberto Pérez Fernández-Cabero
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Estudiante de Comunicaciones (ISIL) y de Administración y Negocios Internacionales (UPC). Proactivo, analítico, con iniciativa y gran capacidad de trabajo en equipo. Me gusta viajar.
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